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Archive for 27 octubre 2008

 Tras un par de minutos, alcanzamos los restos de una vieja calle, donde vehículos destrozados y polvo se amontonaban. No se veía a nadie de momento. El silencio y la niebla, nuestra aliada, continuaban presentes. 

-Joder, este puto sitio da escalofríos- se quejó Ben. -No es el mejor lugar para ponerse a hacer turismo. Además, a saber cuántos tóxicos diferentes estamos respirando a cada segundo. Por nada del mundo hubiese vivido aquí.

-Oh, vamos, si lo estabas deseando -me reí- no son las vacaciones soñadas en el Caribe que deseabas, pero no me digas que no se parecen.

-Oh sí, igualito.

 -Basta! Habría que apresurarse, -sentenció Sam. -creo que lo mejor será dividirnos, tendremos más radio de búsqueda – aconsejó- Erik, Anna, creo que lo mejor sería intentar llegar hasta aquel antiguo templo- señaló un alto campanario que destacaba entre el resto de los edificios- y echar un vistazo, la zona no es muy extensa. Cualquier cosa que veáis comunicádnosla. Ben y yo buscaremos cualquier rastro de la expedición por los alrededores. 

 -Ok. Tan pronto hayamos subido, nos reuniremos con vosotros. – Anna se puso en camino, y cuando me disponía a seguirla, Sam me llamó y me di la vuelta.

-Cuida de ella, chico. 

Giré la cabeza y continué caminando.

Nos adentramos en las profundidades del pueblo.  Estábamos en tensión, en cualquier momento algún infectado podía saltar de cualquier edificio o estar esperando detrás de la siguiente esquina. Dado que yo estaba más especializado en el cuerpo a cuerpo, debía ir delante, pero más preparado que para la lucha debíamos estar para la huída.

– Es raro que no nos hayamos encontrado todavía con ningún infectado. Normalmente es poner un pie en tierra y ya los atraemos…

 -Mejor así, este sitio no me inspira muchos ánimos para combatir. De todas formas en esta época del año estarán como carámbanos helados la mayoría, y con estas temperaturas tan extremas no es de extrañar.

-Tienes razón, -suspiré.

Enseguida llegamos a la calle de la iglesia: era un callejón un poco más ancho que el resto, pero en el mismo mal estado. El portón principal era alto y de hierro, imposible de echar abajo o derribarlo. Mientras Anna me cubría, empujé fuerte.

-Nada.  Estará cerrado desde dentro, deberíamos encontrar otra forma de entrar.

-Imposible… parece que ésta es  la única entrada. No veo cómo lo podemos hacer.

Me quedé observando la fachada. El edificio era bastante grande y bien conservado a pesar del tiempo. A pesar de que este culto estaba ya casi extinguido, aún habían regiones del país donde se practicaba, y este centro de población parecía ser uno de ellos.

  Sin contar el campanario, mediría como unos tres pisos de alto. La parte de atrás parecía contener antiguas dependencias y habitaciones, y observé un pequeño balcón , próximo, y por debajo de un edificio contiguo al templo. No costaría mucho saltar desde la azotea del mismo hasta el balcón, y ya estaríamos dentro. Para bajar tan solo habríamos de deslizarnos desde la fachada hasta el suelo. Anna también se dio cuenta, así un simple gesto de asentimiento bastó para entendernos.

 

El edificio adyacente era un antiguo bloque de pisos aproximadamente de los siglos XX o XXI de la Edad pasada, nada raro dado el abandono que sufría este lugar por su elevada toxicidad. La puerta del portal estaba rota y dejaba ver el interior: dentro reinaba la oscuridad total, apenas se divisaban las escaleras que conducían a los pisos superiores y lo que parecían viejos periódicos estaban dispersados por el suelo. Guardé mi arma, ya que las estrechas paredes no dejaban mucha capacidad de maniobra, y  aparte de la linterna, saqué un pequeño cuchillo de caza que llevaba siempre en un costado de mi anorak. Aunque afuera la noche no era muy acogedora, no me gustaba mucho la idea de permanecer ahí dentro mucho rato.

-Será mejor que vayas delante,… -dijo Anna apuntando a las escaleras.

Comencé a subir lentamente. Las puertas de los pisos estaban cerradas. Ambos sabíamos que en su interior aún seguirían los antiguos inquilinos, poseídos hace ya tiempo por el virus.

 Cuando todo empezó, como es lógico la mayoría de la población decidió refugiarse en sus hogares,  estando ya infectada o haciéndolo más tarde, y contagiando de esta manera al resto de sus familiares. Dado que practicamente la totalidad sellaron las entradas, los antiguos inquilinos estaban condenados a vagar por las estancias pasar el resto de sus  no-vidas, por decir de alguna manera.

Llegamos, después de subir tres pisos, a la puerta que conducía a la azotea. Gracias a su mal estado, cedió al instante con un golpe de hombro. Mientras el viento hacía ondular su liso cabello, Anna me indicó donde estaba el balcón.

-Las damas primero.

No se lo pensó  dos veces, y de un grácil salto aterrizó en él sin demasiadas complicaciones. No tardé en seguirla.

Miré atrás, era imposible volver a alcanzar la azotea donde estábamos antes, quedaba muy por encima de nosotros, de manera que para volver habríamos de encontrar otro camino.

-Vamos. -la puerta de cristal que daba al interior estaba cerrada, pero bastó un empujón para abrirla. La habitación de dentro parecía tratarse de los antiguos aposentos de un clérigo. Una cama con dosel, hecha, se hallaba en una esquina, y aparte de numerosas imágenes religiosas no había mucho más en la habitación, exceptuando también las numerosas grietas que surcaban las paredes.

 -Busquemos el acceso al campanario, y después de echar un vistazo, salgamos rápido de aquí.

Derrepente oímos un ruido. Eran pasos, lentos pero constantes, alguien se estaba acercando por el pasillo que daba a la estancia. Anna quitó el seguro de su MA16, y yo me preparé para embestir a quienquiera que entrase.

La puerta se abrió lentamente, y una figura humana entró en la habitación. La oscuridad apenas dejaba ver su relieve. Apunté con mi linterna a su cara:  Tenía el aspecto de un hombre de avanzada edad; de un espeso pelo blanco. Carecía casi por completo de piel y carne en la cara dejando ver la diabólica sonrisa de un cráneo desnudo. Probablemente sería el antiguo dueño de las habitaciones, a juzgar por su vestimenta.

Se mantuvo quieto unos instantes mirando a través de mí con sus blancos ojos , y se abalanzó dispuesto a alimentarse. Antes de que me alcanzase le hundí el cuchillo de un golpe en la sien cosa que lo hizo parar en seco y desplomarse al suelo, no sin antes levantar débilmente su brazo hacia mí. 

 -Puede haber más, así que estate preparada.

-Ok. Como si no lo supiera…

Salimos al pasillo: el polvo, así como las tinieblas, cubrían todo por completo. El pasillo parecía continuar a derecha e izquierda, y como el campanario quedaba a la derecha ( dato conocido gracias al gran sentido masculino de la orientación ) cogimos ese camino. Al caminar, la madera crujía bajo nuestros pies pero parecía que el suelo iba a resistir.

Al girar una esquina, se presentaron ante nosotros unas escaleras de caracol y un acceso a lo que parecía ser el coro del edificio, que dominaba la parte superior de la estancia del templo.

-Ven, quiero ver esto un momento… – me pidió Anna, y la seguí a través del marco de la puerta. Desde aquí se podía ver toda la sala principal! Un viejo órgano yacía en la parte izquierda, también, testigo quizás del culto que hace años aquí se practicaba. Enfoqué al techo, formado por los característicos arcos, con la linterna. Recuerdo en mi infancia haber estudiado de que estilo serían estos arcos, dando así una fecha de construcción al edificio pero ya no me acordaba y este conocimiento poco importaba ahora.  Mediría unos treinta metros de altura, si no me equivocaba. Derrepente, mi compañera me sujetó del brazo.

-Erik, mira abajo!

Lo que ví me impresionó bastante: todo el suelo, donde tendría que haber estado la zona de bancos estaba cubierto por incontables mantas y sacos de dormir, donde junto a la gran mayoría había sacos y paquetes de diversos tamaños, probablemente enseres personales.

-Debieron de refugiarse aquí cuando ocurrió todo.

-Eso parece, -contesté.

Un sentimiento de terror me hizo estremecer cuando entendí lo que representaba cada una de esas ‘camas’.

-Sabes lo que esto siginifica..? -pregunté a mi compañera mientras observaba los cientos de mantas.

Anna comprendió lo que quería decirle. Las puertas, desde que las sellaron, jamás se habían abierto, y ella lo sabía.

No estábamos solos.

 

-Más vale darse prisa. -asintió.

 

Salimos de ahí y subimos las escaleras con rapidez. Cada vez ascendíamos más  hasta que una corriente de aire frío me indicó que ya estábamos llegando al final. Despúes de levantar la trampilla, nos encontramos en lo alto de la torre: desde aquí contemplábamos todo el lugar, varios cientos de metros a la redonda. Saqué por tanto mis prismáticos y comencé a observar: La mayoría de los edificios estaban en bastante mal estado, con las ventanas o las puertas hechas pedazos. Cientos de coches estaban atascados o accidentados en las calles pricipales, pero esto no era ninguna novedad. Todas las ciudades del planeta estaban apuntadas a la misma moda… la situación se descontroló muy rápido durante el maldito fin del mundo. Algunos componentes de la fuerzas de seguridad locales intentamos mantener el orden en las calles: eran frecuentes los disturbios noturnos,al principio, en el que una hambrienta población intentaba encontrar algo que llevarse a la boca en los comercios locales o ya de paso algún caro y lujuso electrodoméstico para su hogar. Pero cuando la epidemia se descontroló, la mayoría de policías y funcionarios dejaron de ir a sus puestos de trabajo con lo que la sociedad como la conocemos tocó a su fin. Los camiones que se encargaban de suministrar alimentos, combustible y productos a las ciudades dejaron de poder circular, y la electricidad dejó de llegar a los hogares. Las carreteras estaban colapsadas, llenas de coches vacíos, al igual que las calles. Las ciudades donde el virus se había extendido se convirtieron literalmente en mataderos, mataderos de personas, millones de ellas. De noche el único ruido que oía la gente refugiada en sus casas, aparte de algún grito en la oscuridad proveniente de muy lejos, eran pies arrastrándose. Miles de muertos vivientes reclamaban las calles y la carne de cualquier persona viva que aún pudiese quedar.

En cuanto a esta población local que podía divisar desde aquí, algunos pocos infectados estaban dispersos por las calles, aparentemente sin nada que hacer aparte de vagar… pero más adelante, a unos doscientos metros del lugar por donde habíamos entrado al pueblo, parecía que estaban celebrando algun tipo de fiesta, y de las grandes. Decenas de ellos se agolpaban fuera de lo que parecían ser unas naves industriales… y fuera, rodeado de un pequeño cráter, yacían dispersos los restos de lo que parecía un furgón. Quizas fuese uno de los dos que disponíamos en Nordway, aunque eso significaban bastante malas noticias. Le pasé los prismáticos a Anna y le indiqué donde mirar, mientras hablaba por la radio atada a mi muñeca.

-¡Dime, figura! -respodió Ben.

 -Ben, acercaos por aquí ahora mismo. He localizado donde puede estar el resto del equipo.

-Perfecto, tío! A Brian le gustará saberlo. Sam y yo vamos para allá, las cosas se están poniendo feas conforme nos adentramos en este sitio y francamente no me hace ninguna gracia.

Sin mucho que decir, bajamos rápido las escaleras, sacamos nuestras linternas y nos pusimos a avanzar hacia la habitación por la que habíamos entrado a este lugar. Avanzamos despacio, preparados para encontrarnos cualquier cosa. Derrepente, mi compañera me cogió del hombro.

-Espera! No oyes eso…?

Escuché detenidamente. Un ruido lejano parecía venir del fondo. Ahora se oía mejor, si, ¡eran sonidos de pasos! Cientos de pasos.

-Espera aquí!- susurré. Giré la esquina, preparado para lo peor. Enfoqué al suelo y fui subiendo el haz de luz. Varios infectados, muy descompuestos, avanzaban lentamente hacia donde nos encontrábamos. Casi podía ver la sonrisa en sus caras.

 

 

No poder escapar de donde me encuentro ha sido siempre parte de mis pesadillas, más que cualquier otra cosa. Quizás sea algún tipo de instinto.

Hasta más leer.

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Me gustaba este paisaje. La carretera discurría tranquilamente por la falda de la montaña nevada, al lado derecho del largo valle. No era muy hondo, pero si lo suficientemente ancho para tardar más de una hora en ir de un lado a otro, por supuesto cruzando el río que lo atravesaba. Si te acercabas a él, podías escuchar el sonido de sus aguas bajando por su rocoso lecho, siempre imperturbables. A su lado, los bosques, en su mayor parte arces y abetos dominaban toda la extensión del valle.  Erik

Aún faltaban horas para el amanecer, pero gracias a la luz lunar, se podía ver con el camino con la suficiente claridad para conducir. Mis compañeros de expedición, en parte por el sueño o por lo rutinario del asunto, se mantenian en silencio pensando cada uno en sus propias cosas y yo básicamente hacía lo mismo, no nos sobraban cosas sobre las que preocuparse o sobre las que hacer esfuerzos por no recordar.  El viaje era bastante apacible pero  interrumpido constantemente por frecuentes baches y desniveles en la vía. Como es lógico, no cogíamos este camino por el buen estado de la carretera ni sus paisajes, el resto eran simplemente intransitables y hubiese tocado ir a pie, y eso en ningún caso era una opción. Pero de todas formas, aquí en la parte de atrás del furgón, apoyados contra la pared, no se estaba tan mal.

Éramos sólo seis: hace unos dias los miembros más experimentados del equipo de asalto salieron fuera de nuestro asentamiento en dirección a un núcleo de población inexplorado con anterioridad. Según los mapas, poseía varias industrias químicas y siderúrgicas y la tarea de mis compañeros era cargar y traer de vuelta varios medicamentos y tanta munición como fuera posible de los comercios de caza locales e industrias, ya que la nuestra estaba casi agotada.

Aún no habían regresado y debíamos ir allí saber qué les había ocurrido. No había otra forma de saberlo ya que nuestras radios eran de onda corta y se hallaban a demasiada distancia de Nordway. Ninguna dificultad aparente, ¿no? normalmente nuestras tareas cotidianas requerían un poco más de dificultad.. y  un poco más de valor también.

Johnson, sentado al volante del furgón militar convenientemente modificado conocía bastante bien estos caminos, (quedarse sin combustible hubiese significado una muerte segura, ya sea por frío, nuestra propia hambre o la de los habitantes de esta región), pero de ser cierto que había pasado toda su vida por estas regiones podíamos ir tranquilos. Era el tipo de hombre serio, al que nunca había visto sonreír (quizás si, pero no me acordaba) y al que no parecía importarle nada. Supongo que entre aquellos que han tenido que acabar con su familia para no ser devorado por ella, era un tipo bastante animado. Sus facciones eran rectas y angulosas, y sumado a su seriedad le daba cierto aire de independencia.

 -Ey chico, cuéntame que tál quedó el piso de abajo, no tuve tiempo de pasar a verlo -me preguntó con su típico acento Sam, un antiguo ingeniero cubano considerablemente alto, de barba morena y surcada ya por algunas canas, mientras apuntaba un par de cosas en su libreta. Aún quedaba rato para llegar, asi que charlar un rato era lo mejor que podíamos hacer.  

– Bien, tuvimos algunos problemas en apuntalar la estructura, pero según Carol aguantará al menos cincuenta años o más. No es que me emocione la idea de estar durmiendo bajo tierra, pero la diferencia de temperatura respecto al piso de arriba es razón suficiente para hacerme cambiar de idea.

-Carol y el resto de construcción sabien bien lo que hacen, puedes confiar en ellas. Han conseguido ampliar la zona norte de Nordway en tan sólo dos meses, y juraría que esa valla de contención puede resistir hasta el choque de un camión.

-(Riéndome) Lo que tú digas. De todas formas ya está bien disponer de un poco más de espacio.

Nordway se hallaba en una explanada dentro de un paisaje bastante montañoso lleno de bosques, y al lado del pequeño río que bajaba de las montañas. El clima, exceptuando los inviernos, era bastante aceptable la mayor parte del año, cultivábamos todo tipo de productos e incluso teníamos algo de ganado- hacía ya tiempo que no dependíamos del saqueo para conseguir víveres. ¿Que cuántos éramos? Desde que nació la hija de Karl y Cynthia, éramos ya unos setenta habitantes, contando el equipo perdido. En mis pocos años de vida, no me habia sentido tan a gusto en ningún otro lado. Claro que el resto de ciudades ahora estaban muertas, y no había mucho para elegir ni nada que querer añorar.

Ya que la mayoría de viviendas construidas en Nordway eran, por decir así, de fabricación casera, poco había que comentar respecto a su arquitectura. Todas eran del mismo estilo si se puede decir que la tipica cabaña de madera, de troncos gruesos, pensada para soportar largos inviernos tiene algún estilo. Por dentro, eran todas muy acogedoras, con su hogar de leña, pieles y cuadros decorando las paredes, suelo de madera barnizada, y ventanas desde las que podias contemplar la nieve cayendo en el exterior.Disponíamos de mucho tiempo, y ya que pasábamos bastante en ellas nos gustaba tenerlas como más nos agradara. No eran tan sofisticadas como las de la Edad pasada, pero no vivíamos mal. Incluso yo contaba con mi propio sótano, por debajo del nivel de tierra, donde dormir y guardar mis cosas. Aquí eran como un piso más, aprovechando la ventaja de hacer más calor bajo tierra, ideal para dormir. En el piso de arriba, nada más entrar por la puerta principal, contaba con una pequeña cocina y espacio de estar donde poder vivir y pasar la mayor parte del día.  Para un ex-policía como no, no estaba nada mal.

 

A todo esto, Brian se levantó de su asiento en la parte delantera de nuestro vehículo, situado al lado del conductor, y pasó a la zona en la que estábamos sentados. Era uno de los pocos hombres de piel oscura que vivía en el asentamiento, con una fuerza física envidiable que daba imponía casi tanto respecto como su acostumbrado mal carácter, aunque en el fondo era un buen tío.

-Eh, vosotros, panda de maricas, despertad, estamos cerca de nuestro objetivo. -dió un par de patadas a las piernas de Ben, quién se despertó sobresaltado.

-Como sabéis se trata de Nakin, una pequeña colonia obrera bastante lejos de nuestra zona habitual de búsqueda, cerca del área radioactiva. – Brian desplegó un mapa en el suelo para que lo pudiésemos ver todos:

– Ya podéis ver que es bastante pequeño, a pesar del bajo coste de sus viviendas.. quién iba a querer vivir en un vertedero como ése.. pero éste no es el caso. Ya estáis todos al corriente de lo que hemos venido a buscar. ¡Quiero saber que coño pasó con el resto de nuestro equipo! Buscad cualquier cosa que pueda decirnos algo, y no dejéis de utilizar vuestras radios, maldita sea, que para algo las tenéis. Pararemos aquí -señaló en el mapa  -una pequeña área de servicio al lado de la gasolinera.  Seguiré la operación desde el furgón por radio. Y no quiero ninguna baja, ¿Está claro? Os avisaremos si hemos de cambiar nuestra posición por si somos detectados.

-De acuerdo, Brian. -no había nada que discutir. Al fin y al cabo, él era quien daba las ódenes ahora.

Finalmente, Jonson empezó a aminorar la velocidad y se detuvo. En cuanto bajé del él, sentí una fuerte impresión  a causa de la diferencia de temperatura, era una noche húmeda y muy fría, nevaba, y a pesar del grueso anorak reforzado sentía el frío en cada poro de mi piel atravesándola como miles de diminutas agujas. Sam, Anna; una joven canadiense de carácter naturalmente alegre y Ben, bajaron después mío. Ben era un joven de cuerpo fibrado, originario de Dakota del Norte, de pelo corto y puntiagudo y todo un experto en todo lo que tuviera una pantalla electrónica. Me llevaba bastante bien con él, aunque no era muy difícil. Sus conversaciones trataban siempre de dos temas, o bien de ordenadores, o bien de sexo, aunque raramente se podían dar los dos a la vez. Brian se asomó por última vez desde la parte posterior del blindado:

-Johnson y yo nos dedicaremos a llevarnos todo el combustible posible que aún pueda quedar por la zona. Quiero cada diez minutos un informe sobre la situación, ¿ok? Ya os estáis moviendo.

Miré a mi alrededor. Nos econtrábamos en una pequeña elevación del terreno, entre la antigua carretera y la estación de servicio. Desde aquí podíamos ver las ruinas de lo que había sido el pueblo, muy castigado ahora por el paso de los años y cubiertas de una densa niebla. Todo esto, unido a un silencio antinatutal, le daba un aspecto bastante siniestro al lugar, y a nosotros, ningunas ganas de adentrarnos en él. Prácticamente todo el terreno estaba cubierto de nieve , lo que dificultaba cualquier tipo de huida así como el caminar rápido.

Por suerte para los infectados también. 

Anna se colocó a mi lado sonriente:

 -Mmm.. en días así es cuando más me gusta este trabajo ¿a tí no? – me preguntó apartándose su pelo rubio rubio de la cara, mientras sus mejillas comenzaban a sonrojarse por el frío.

La miré con una sonrisa maliciosa:

 -No te niego que ahora estaríamos mucho mejor en casa con el fuego encendido, con el estómago lleno, tumbados disfrutando del cálido ambiente,etc etc. Pero alguien ha de hacer el trabajo duro, y yo nunca me he arrepentido de dedicarme a esto. -mis últimas palabras sonaron un poco amortiguadas por la máscara térmica que me estaba equipando, al igual que los demás. Aire por debajo del punto de congelación directo a los pulmones nunca es bien recibido.

Comenzamos a avanzar hacia el pueblo. Sam y Anna quitaron el seguro de sus MA16 pero a pesar de la oscuridad no activaron sus linternas. Éstas nos hubiesen permitido ver a unos pocos metros de distancia, pero cualquier luz en mitad de la noche es fácilmete percibida desde varios cientos de ellos. Saqué mi espada de su funda, que reposaba en mi espalda, cosa que Ben no tardó en imitar. Era mi arma preferida: eficaz, contundente e inagotable, no podía pedir más.  

Miré al frente. En unos minutos alcanzaríamos los primeros bloques de pisos.

 

Primera entrada de una historia que llevo ya tiempo en mente. Historia que nunca escribiría de no poder irla publicando por fragmentos, y  sin conocer la posible opinión de la gente. Hasta más leer.

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