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Archive for 26 noviembre 2008

4 Bajo tierra

Al llegar al final del pasillo una puerta nos bloqueaba el camino, ‘Sólo personal autorizado’, ponía en un cartel a la entrada. Parecía sólida y fuertemente cerrada, por lo que sólo podríamos abrirla con el pase de seguridad apropiado, el cual por supuesto no teníamos. Un cartel grande de zona peligrosa dejaba bien claro que no ibamos a entrar a un museo, pero ni idea que hacía un sitio como éste bajo tierra y en un pueblo perdido en las montañas. A la izquierda, había una puerta de madera cerrada, seguramente un guardarropa. Antes de entrar a zonas especiales, era común que antes hubiera salas donde poder dejar ropa u enseres personales, para poderlos recoger a la vuelta.

-Entremos ahí, quizás haya algo que nos pueda servir.

Giré la manivela, ya que la puerta carecía de llave. Pero aunque la podía girar perfectamente, no se abría. Parecía que algo obstaculizaba el movimiento de la puerta, como algo bloqueándola, pero que dejaba cierta holgura al empujarla.

-Hay algo dentro que no me deja abrirla. Lo malo es que es imposible hacerlo desde este lado y los guardarropas normalmente sólo tienen una entrada y salida. No creo que sea prudente abrirla.

-No tenemos otra opción – puntualizó Sam. -Es esto o dar media vuelta.

 Sacó una granada,que pendía de su cinturón y se la tendió a Ben. Si mal no recordaba, pertenecía a la época anterior, uno de los frutos de la alta tecnología alcanzada. Esta granada contenía en su interior una microscópica partícula de antimateria, sostenida por un campo magnético en un pequeño vacío. En el momento que este campo magnético desaparecía, activado por el detonador, liberaba toda la energía concentrada alcanzando miles de grados en su interior.

-No pensarás…

-Tú aguántala.Nos puede hacer falta según lo que haya detrás.

Tomó algo de carrerilla, y sus más de noventa quilos se lanzaron con el hombro por delante contra la puerta. Esta cedió al instante, y oímos el ruido sordo de un tablón al caer al suelo. Rápidamente Sam se apartó, apuntó con su arma a la oscuridad y esperó.

-Nada. Seguidme.

Pasó dentro y encendió la luz de la habitación. Nos encontrábamos en una vieja estancia, llena de archivadores, y como había supuesto, un mostrador, tras el cual varios tipos de uniformes descansaban en las estanterías. Un plano enorme, de lo que parecía el complejo, cubría la pared principal, y debajo se disponían varias butacas y una máquina de cafés. Lo que hubiese dado por una bebida caliente en ese momento… pero lo que me llamó la atención no fué eso.

-Matt..

Uno de los componentes del Equipo de Asalto yacía recostado contra una esquina, apoyado en un sofá.

Rápidamente corrí hacia donde se encontraba Matt. Sam y Ben me siguieron. Su arma, vacía,  se encontraba a su lado como un objeto inútil, probablemente gastó todas sus municiones. Al acercarme más, pude comprobar, con horror, que donde tendría que haber estado su mano ahora no había más que un muñón con sangre ya reseca.

Nosotros, los últimos habitantes de la tierra, somos inmunes al virus en sus métodos de transmisión más simples, tales como por aire o por el agua, pero una mordedura de un ifectado es una dosis letal. En pocos minutos la víctima es uno de ellos, a no ser, que se ampute rápidamente la zona mordida. Si lo piensas unos segundos de más, ya da igual, el virus se ha extendido por la corriente sanguínea a todo el cuerpo y tu muerte, para luego volver a levantarte como un muerto viviente, es cuestión de minutos.  A juzgar por el estado de Matt, éste tuvo el valor suficiente, aunque no creo que le hubiese servido de mucho. Carecía de pulso, estaba muerto desde hace ya uno o dos días, pero no estaba infectado.

Menos de una de cada de diez mil personas durante la Era Informática poseyó las características biológicas necesarias para ser inmunes al virus. Los científicos creyeron que los pocos ‘elegidos’ poseían algo en su grupo sangíneo que impedía al virus infectar sus células, pero nunca pudieron probarlo. A la mayoría de ellos sólo les interesó mas tarde la carne humana.

Sea como sea, Matt estaba muerto, y nada podíamos hacer por evitarlo.

-Debe llevar muerto unos dos días, a juzgar por su estado.. probablemente se atrincheró en este cuarto esperando nuestra ayuda. Eso significa que el resto del equipo puede estar aún en el resto de las instalaciones, -dijo Sam. -Moveos, tal vez encontremos algo de información útil en esta habitación.

 

  

A veces los clichés pueden llegar a aguarte bastante la fiesta, por decirlo de algún modo. Quizás por eso los niños puedan ser más felices con menos.

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 Volví sobre mis pasos. Cuando el haz de la linterna pasó por la cara de mi compañera, pude ver en ella una expresión de angustia.

-Qué..?

-Corre! El pasillo está lleno de ellos, tenemos que salir de aquí y rápido!

Sólo teníamos una opción y era bajar al piso de abajo, si subíamos por las escaleras estaríamos atrapados como en una ratonera. Sus gemidos ya resonaban cerca. Bajamos con velocidad y salimos a la gran sala de las mantas: la débil luz de la luna se filtraba por las escasas vidrieras, al menos podíamos ver. Corrimos a la puerta del fondo: Una gran tablón de madera clavado toscamente la cerraba de lado a lado, por no decir que el grueso manillar no giraba, ya que estaría la llave echada. No habría forma de abrirla.

-Mierda..! Joder!! Joder!!!-Anna parecía realmente nerviosa.

Los infectados ya empezaban a entrar, ávidos de carne humana. Avanzaban torpemente, a espasmos, lenta pero inexorablemente. Bastaba un vistazo a la gimiente masa para saber que la vida hacía tiempo que había abandonado totalmente esos cuerpos, y solo la ira y el hambre los movía.

 Dí un paso adelante y saqué mi ancha espada.

 -No nos uniremos a ellos tan fácilmente.

Típica frase, pero me gustaba como quedaba.

Mi rubia amiga se quedó contemplándome un segundo, tras lo cual guardó su rifle de asalto  y desenfundó sus dos wakizashis, con las que tenía una considerable destreza.

– Hagámoslos pedazos, -determinó.

Avanzamos hacia ellos, dejar que nos rodearan no era una opción, hacía tiempo que lo habíamos aprendido costándonos algunas bajas.  Me lancé hacia el grupo, cortando de un golpe el cuello de lo que antes había sido una mujer bastante joven y con innumerables joyas encima. Rápidamente ocuparon su puesto tres de esos seres, con los brazos exendidos y las bocas sangrantes. Me agaché, y dando una vuelta sobre mi mismo di una patada a los pies de uno de los zombies, cosa que le hizo caer hacia atrás. Antes de que tocara el suelo, mi espada describió un arco hacia el techo, cortando la cabeza de aquel ser a la vez que caía. Rápidamente me ocupé de los otros dos que tenía cerca. Cuatro más ocuparon su puesto abalanzándose sobre mí.

Mientras, mi compañera, luchaba a mi lado, salpicada de sangre, contra varios de esos seres.

-Son demasiados! No vamos a conseguirlo!

No pude contestarle; tenía razón, pero por alguna extraña razón no me importaba demasiado. ¿Tanto me había acostumbrado a esto?

 Nos tenían arrinconados contra la pared, era cuestión de segundos que nos alcanzaran. Anna había sacado ya su MA16 y comenzado a disparar. Al echarme hacia atrás, choqué con un viejo candelabro que antiguamente serviría para iluminar la estancia. Viendo la vidriera de encima nuestro, supe que no estaba todo perdido.  Mientras Anna agotaba sus últimas municiones, até mi cuerda al cadelabro, y con toda la fuerza que disponía lo lancé a través de los coloreados vidrios, cayendo varios sobre nosotros, como una lluvia infernal.

En cuanto los atravesó, tiré fuerte de la cuerda. Por ser más largo que el ancho del ventanal, se quedó atascado.

-No quiero ser descortés -dije, señalando la cuerda que colgaba. Anna me miró como si no me hubiera visto en mi vida, mientras la sangre resbalaba por su cara. Sin decir palabra,  subió a ella de un salto y empezó a trepar. Ya podía apresurarme, por que los zombies estaban tan sólo a un metro mío.  Corté de un tajo la cabeza de dos que estaban peligrosamente cerca, lancé de una patada sus cadáveres a la masa de cuerpos y empecé a trepar como si me fuera la vida en ello. Bueno, de hecho me iba.

Derrepente, un par de brazos agarraron fuerte mi pierna! Itenté soltarme, pero era en vano, me tenían bien sujeto. Miré hacia abajo: todos esos seres se agolpaban justo debajo mío. Varios brazos más se sumaron a los anteriores, estirando hacia ellos. No aguantaría mucho más. Con mis últimas fuerzas, saqué mi espada y segué de un fuerte golpe los brazos que me tenían atrapado, con lo que la fuerza que me estiraba cesó, a la vez que mis músculos sangraban de dolor.  Rápidamente me puse fuera del alcance de aquellos seres. Arriba, antes de saltar al exterior, dirigí una última mirada hacia abajo. Los malditos se amontonaban a cientos debajo de la cuerda. Aparté la vista y salté al exterior.

 

Caímos pesadamente en la nieve uno sobre el otro. Fuera había la misma niebla que antes, como si nada hubiese pasado. No se oía ningún ruido saliendo del interior del edificio.

-Estás bien?- pregunté.

-He estado mejor, pero gracias…

-Lo importante es que ahora estamos a salvo. Vamos, Sam y Ben ya deben de estar cerca.- la ayudé a incorporarse -Dirijámonos a los almacenes y salgamos de este maldito pueblo cuanto antes.

Oí un pequeño silbido entre el viento. Distinguí las figuras de Ben y Sam, haciendonos señas desde una esquina más adelante, mientras avanzaban hasta donde nos encontrábamos.

-Erik…

Giré la cabeza hacia la chica llena de sangre que tenía a mi lado.

-Sí?

-Nada… solo quería decirte.. que gracias.

-No hay nada que agradecer.

 Y era verdad. La vida no vale gran cosa.

Después de sacudirnos la nieve de encima, indiqué a nuestros compañeros la situación exacta de los almacenes, y lo que nos encontraríamos al llegar. Dimos también  a Brian su localización exacta, quien nos recordó que no estábamos aquí para tonterías, que nos diésemos prisa y esas cosas… como si no lo conociera.

Después de unos minutos, empezamos a llegar a la zona donde estaba aparcado el furgón de nuestro equipo. Varios infectados, al vernos, empezaron a venir hacia nosotros. Estaba claro que hoy no sería un dían tranquilo.

-Erik y yo nos ocupamos, verdad tío? -comentó Ben con entusiasmo -Ya me estaba empezando a oxidar, tío. Necesitaba un poco de acción!

No esperó a que yo sacara mi arma, y retirando la suya de su espalda se lanzó a saludar a los cuerpos que senos acercaban. Tenían pinta de antiguos agentes de seguridad locales. Probablemente, estos habrían sido de los pocos que intentaron hacer su trabajo, la mayoría permanecieron con sus familias o estaban demasiado ocupados saqueando ellos mismos los comercios locales.

Mientras pensaba esto, mi compañero de asalto cortaba de un golpe los tendones de encima de la rodilla de un antiguo comisario. Éste cayó torpemente al suelo incapaz de levantarse, intentándolo inutilmente. Era una manera como cualquier otra de deshacerse de ellos.

Se acercaron unos cuantos hacia mí. Me quedé esperándoles, y cuando se pusieron a mi alcance les ataqué con golpes certeros. Pero, lo que parecía un motorista, al cual le habían devorado gran parte del vientre, se acercó demasiado rápido, y apenas me dio tiempo de clavarle mi espada en su pecho. El maldito, siguió avanzando aún con la espada atravesada hacia mí, y yo tenía dos, bueno ahora tres podridos problemas de los que ocuparme. Cuando estaba a punto de soltar la espada, un cráter sangriento apareció en la sien del mordedor.

-Procura ahorrarnos munición! -Sam me sonreía a poca desitancia, mientras la punta del silenciador de su MA16 humeaba. 

-Lo tendré en cuenta.

En pocos minutos acabamos con todos los infectados cercanos. No fue una tarea difícil con nuestro número y equipación actual. En otros lugares había sido imposible presentar batalla, pero en este lugar apenas había grupos de más de veinte dispersos por las calles.

Una vez nos aproximamos más, comprobamos los restos de lo que había sido el furgón. Parte de la carrocería permanecía intacta, pero en su interior no quedaba nada aprovechable. Parecía como si una fuerte explosión la hubiese destrozado desde dentro.

Nos alejamos de los restos y nos dirigimos al interior del edificio. Nos encontrábamos en una gran sala, donde varias cajas y mercancías se apilaban en hileras. Unos cuantos muertos, al vernos, se dirigieron hacia nosotros. Dejé que mis compañeros se encargaran de ellos mientras observaba mi entorno. Arriba se encontraban lo que parecían ser unos pequeños despachos, que tras un examen rápido, vimos que sólo contenían informes de entradas y salidas de productos al almacén, el único camino posible era un montacargas que conduciría al piso inferior.

-Parece que no tenemos otra opción, -puntualizó Sam. -No nos queda más remedio que descender ahí abajo.

-Habrá que activar la luz del edificio,- contestó Ben. -Todos los almacenes de este tipo cuentan con su propio generador de emergencia. Juraría que está en ese pequeño cuarto de al lado, -dijo señalando con su arma una pequeña puerta metálica.

-Ok, Erik, ves con él, aunque no creo que haya más sorpresas.

Entramos, y al fondo a la izquierda, junto a varios bidones de cobustible, había un pequeño generador. Tras recargarlo,  Ben lo conectó enseguida, y la luz inundó nuestra habitación, a la vez que un ruido constante salía del aparato.

-Bien, tenemos como para una hora, con esta cantidad…- aproximó Ben. -Creo que será suficiente. Ahora en teoría  el montacargas debería funcionar.

-Bien hecho, -dijo Sam cuando salimos. -Haré los honores.

Sam pulsó el botón verde junto a las puertas negras del elevador. Se oyó un ruido de motor, tras diez segundos, las puertas negras se abieron.. una plataforma metálica rodeada de rejas se presentó ante nosotros, como una cárcel.

-Ehhh… es necesario bajar ahí? -Anna no parecía muy convencida.

-No tenemos otra opción,- puntualizó Sam. -Jack, Anderson y el resto pueden estar ahí abajo esperándonos, no podemos dejarles tirados. De todas formas, espera aquí, Anna. Si tenemos algun problema y tenemos que avisar a Jonhson, la señal de nuestras radios no llegará desde abajo y te necesitaremos. Si en diez minutos no damos señales de vida, regresad.

-No creo que…

-Ya me has oído, y sabes que tengo razón.

Entramos los tres hombres en el interior, y mientras las puertas se cerraban para bajar, pude ver la expresión afligida de Anna. Mientras descendíamos, Sam sacó su arma, quitó el seguro, y apuntó hacia las rejas de la puerta.

-Si hay una marea de esos seres cuando se abran las puertas, no tendremos mucho tiempo antes de que reaccionen. Preparaos para pulsar el botón de ascenso.

-Por lo menos estamos anchos! -dijo Ben.

Era verdad. Más que un montacargas, parecía una plataforma continental, mediría unos seis metros de ancho y unos cinco de profundo. Como en tu casa, vamos.

Finalmente, vimos como el hueco del final iba apareciendo bajo nuestros pies. Los tres nos pusimos en máxima tensión: pero un pasillo vacío, iluminado por neones, era lo único que nos esperaba. Avanzamos sin hacer ruido…

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