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 Tras un par de minutos, alcanzamos los restos de una vieja calle, donde vehículos destrozados y polvo se amontonaban. No se veía a nadie de momento. El silencio y la niebla, nuestra aliada, continuaban presentes. 

-Joder, este puto sitio da escalofríos- se quejó Ben. -No es el mejor lugar para ponerse a hacer turismo. Además, a saber cuántos tóxicos diferentes estamos respirando a cada segundo. Por nada del mundo hubiese vivido aquí.

-Oh, vamos, si lo estabas deseando -me reí- no son las vacaciones soñadas en el Caribe que deseabas, pero no me digas que no se parecen.

-Oh sí, igualito.

 -Basta! Habría que apresurarse, -sentenció Sam. -creo que lo mejor será dividirnos, tendremos más radio de búsqueda – aconsejó- Erik, Anna, creo que lo mejor sería intentar llegar hasta aquel antiguo templo- señaló un alto campanario que destacaba entre el resto de los edificios- y echar un vistazo, la zona no es muy extensa. Cualquier cosa que veáis comunicádnosla. Ben y yo buscaremos cualquier rastro de la expedición por los alrededores. 

 -Ok. Tan pronto hayamos subido, nos reuniremos con vosotros. – Anna se puso en camino, y cuando me disponía a seguirla, Sam me llamó y me di la vuelta.

-Cuida de ella, chico. 

Giré la cabeza y continué caminando.

Nos adentramos en las profundidades del pueblo.  Estábamos en tensión, en cualquier momento algún infectado podía saltar de cualquier edificio o estar esperando detrás de la siguiente esquina. Dado que yo estaba más especializado en el cuerpo a cuerpo, debía ir delante, pero más preparado que para la lucha debíamos estar para la huída.

– Es raro que no nos hayamos encontrado todavía con ningún infectado. Normalmente es poner un pie en tierra y ya los atraemos…

 -Mejor así, este sitio no me inspira muchos ánimos para combatir. De todas formas en esta época del año estarán como carámbanos helados la mayoría, y con estas temperaturas tan extremas no es de extrañar.

-Tienes razón, -suspiré.

Enseguida llegamos a la calle de la iglesia: era un callejón un poco más ancho que el resto, pero en el mismo mal estado. El portón principal era alto y de hierro, imposible de echar abajo o derribarlo. Mientras Anna me cubría, empujé fuerte.

-Nada.  Estará cerrado desde dentro, deberíamos encontrar otra forma de entrar.

-Imposible… parece que ésta es  la única entrada. No veo cómo lo podemos hacer.

Me quedé observando la fachada. El edificio era bastante grande y bien conservado a pesar del tiempo. A pesar de que este culto estaba ya casi extinguido, aún habían regiones del país donde se practicaba, y este centro de población parecía ser uno de ellos.

  Sin contar el campanario, mediría como unos tres pisos de alto. La parte de atrás parecía contener antiguas dependencias y habitaciones, y observé un pequeño balcón , próximo, y por debajo de un edificio contiguo al templo. No costaría mucho saltar desde la azotea del mismo hasta el balcón, y ya estaríamos dentro. Para bajar tan solo habríamos de deslizarnos desde la fachada hasta el suelo. Anna también se dio cuenta, así un simple gesto de asentimiento bastó para entendernos.

 

El edificio adyacente era un antiguo bloque de pisos aproximadamente de los siglos XX o XXI de la Edad pasada, nada raro dado el abandono que sufría este lugar por su elevada toxicidad. La puerta del portal estaba rota y dejaba ver el interior: dentro reinaba la oscuridad total, apenas se divisaban las escaleras que conducían a los pisos superiores y lo que parecían viejos periódicos estaban dispersados por el suelo. Guardé mi arma, ya que las estrechas paredes no dejaban mucha capacidad de maniobra, y  aparte de la linterna, saqué un pequeño cuchillo de caza que llevaba siempre en un costado de mi anorak. Aunque afuera la noche no era muy acogedora, no me gustaba mucho la idea de permanecer ahí dentro mucho rato.

-Será mejor que vayas delante,… -dijo Anna apuntando a las escaleras.

Comencé a subir lentamente. Las puertas de los pisos estaban cerradas. Ambos sabíamos que en su interior aún seguirían los antiguos inquilinos, poseídos hace ya tiempo por el virus.

 Cuando todo empezó, como es lógico la mayoría de la población decidió refugiarse en sus hogares,  estando ya infectada o haciéndolo más tarde, y contagiando de esta manera al resto de sus familiares. Dado que practicamente la totalidad sellaron las entradas, los antiguos inquilinos estaban condenados a vagar por las estancias pasar el resto de sus  no-vidas, por decir de alguna manera.

Llegamos, después de subir tres pisos, a la puerta que conducía a la azotea. Gracias a su mal estado, cedió al instante con un golpe de hombro. Mientras el viento hacía ondular su liso cabello, Anna me indicó donde estaba el balcón.

-Las damas primero.

No se lo pensó  dos veces, y de un grácil salto aterrizó en él sin demasiadas complicaciones. No tardé en seguirla.

Miré atrás, era imposible volver a alcanzar la azotea donde estábamos antes, quedaba muy por encima de nosotros, de manera que para volver habríamos de encontrar otro camino.

-Vamos. -la puerta de cristal que daba al interior estaba cerrada, pero bastó un empujón para abrirla. La habitación de dentro parecía tratarse de los antiguos aposentos de un clérigo. Una cama con dosel, hecha, se hallaba en una esquina, y aparte de numerosas imágenes religiosas no había mucho más en la habitación, exceptuando también las numerosas grietas que surcaban las paredes.

 -Busquemos el acceso al campanario, y después de echar un vistazo, salgamos rápido de aquí.

Derrepente oímos un ruido. Eran pasos, lentos pero constantes, alguien se estaba acercando por el pasillo que daba a la estancia. Anna quitó el seguro de su MA16, y yo me preparé para embestir a quienquiera que entrase.

La puerta se abrió lentamente, y una figura humana entró en la habitación. La oscuridad apenas dejaba ver su relieve. Apunté con mi linterna a su cara:  Tenía el aspecto de un hombre de avanzada edad; de un espeso pelo blanco. Carecía casi por completo de piel y carne en la cara dejando ver la diabólica sonrisa de un cráneo desnudo. Probablemente sería el antiguo dueño de las habitaciones, a juzgar por su vestimenta.

Se mantuvo quieto unos instantes mirando a través de mí con sus blancos ojos , y se abalanzó dispuesto a alimentarse. Antes de que me alcanzase le hundí el cuchillo de un golpe en la sien cosa que lo hizo parar en seco y desplomarse al suelo, no sin antes levantar débilmente su brazo hacia mí. 

 -Puede haber más, así que estate preparada.

-Ok. Como si no lo supiera…

Salimos al pasillo: el polvo, así como las tinieblas, cubrían todo por completo. El pasillo parecía continuar a derecha e izquierda, y como el campanario quedaba a la derecha ( dato conocido gracias al gran sentido masculino de la orientación ) cogimos ese camino. Al caminar, la madera crujía bajo nuestros pies pero parecía que el suelo iba a resistir.

Al girar una esquina, se presentaron ante nosotros unas escaleras de caracol y un acceso a lo que parecía ser el coro del edificio, que dominaba la parte superior de la estancia del templo.

-Ven, quiero ver esto un momento… – me pidió Anna, y la seguí a través del marco de la puerta. Desde aquí se podía ver toda la sala principal! Un viejo órgano yacía en la parte izquierda, también, testigo quizás del culto que hace años aquí se practicaba. Enfoqué al techo, formado por los característicos arcos, con la linterna. Recuerdo en mi infancia haber estudiado de que estilo serían estos arcos, dando así una fecha de construcción al edificio pero ya no me acordaba y este conocimiento poco importaba ahora.  Mediría unos treinta metros de altura, si no me equivocaba. Derrepente, mi compañera me sujetó del brazo.

-Erik, mira abajo!

Lo que ví me impresionó bastante: todo el suelo, donde tendría que haber estado la zona de bancos estaba cubierto por incontables mantas y sacos de dormir, donde junto a la gran mayoría había sacos y paquetes de diversos tamaños, probablemente enseres personales.

-Debieron de refugiarse aquí cuando ocurrió todo.

-Eso parece, -contesté.

Un sentimiento de terror me hizo estremecer cuando entendí lo que representaba cada una de esas ‘camas’.

-Sabes lo que esto siginifica..? -pregunté a mi compañera mientras observaba los cientos de mantas.

Anna comprendió lo que quería decirle. Las puertas, desde que las sellaron, jamás se habían abierto, y ella lo sabía.

No estábamos solos.

 

-Más vale darse prisa. -asintió.

 

Salimos de ahí y subimos las escaleras con rapidez. Cada vez ascendíamos más  hasta que una corriente de aire frío me indicó que ya estábamos llegando al final. Despúes de levantar la trampilla, nos encontramos en lo alto de la torre: desde aquí contemplábamos todo el lugar, varios cientos de metros a la redonda. Saqué por tanto mis prismáticos y comencé a observar: La mayoría de los edificios estaban en bastante mal estado, con las ventanas o las puertas hechas pedazos. Cientos de coches estaban atascados o accidentados en las calles pricipales, pero esto no era ninguna novedad. Todas las ciudades del planeta estaban apuntadas a la misma moda… la situación se descontroló muy rápido durante el maldito fin del mundo. Algunos componentes de la fuerzas de seguridad locales intentamos mantener el orden en las calles: eran frecuentes los disturbios noturnos,al principio, en el que una hambrienta población intentaba encontrar algo que llevarse a la boca en los comercios locales o ya de paso algún caro y lujuso electrodoméstico para su hogar. Pero cuando la epidemia se descontroló, la mayoría de policías y funcionarios dejaron de ir a sus puestos de trabajo con lo que la sociedad como la conocemos tocó a su fin. Los camiones que se encargaban de suministrar alimentos, combustible y productos a las ciudades dejaron de poder circular, y la electricidad dejó de llegar a los hogares. Las carreteras estaban colapsadas, llenas de coches vacíos, al igual que las calles. Las ciudades donde el virus se había extendido se convirtieron literalmente en mataderos, mataderos de personas, millones de ellas. De noche el único ruido que oía la gente refugiada en sus casas, aparte de algún grito en la oscuridad proveniente de muy lejos, eran pies arrastrándose. Miles de muertos vivientes reclamaban las calles y la carne de cualquier persona viva que aún pudiese quedar.

En cuanto a esta población local que podía divisar desde aquí, algunos pocos infectados estaban dispersos por las calles, aparentemente sin nada que hacer aparte de vagar… pero más adelante, a unos doscientos metros del lugar por donde habíamos entrado al pueblo, parecía que estaban celebrando algun tipo de fiesta, y de las grandes. Decenas de ellos se agolpaban fuera de lo que parecían ser unas naves industriales… y fuera, rodeado de un pequeño cráter, yacían dispersos los restos de lo que parecía un furgón. Quizas fuese uno de los dos que disponíamos en Nordway, aunque eso significaban bastante malas noticias. Le pasé los prismáticos a Anna y le indiqué donde mirar, mientras hablaba por la radio atada a mi muñeca.

-¡Dime, figura! -respodió Ben.

 -Ben, acercaos por aquí ahora mismo. He localizado donde puede estar el resto del equipo.

-Perfecto, tío! A Brian le gustará saberlo. Sam y yo vamos para allá, las cosas se están poniendo feas conforme nos adentramos en este sitio y francamente no me hace ninguna gracia.

Sin mucho que decir, bajamos rápido las escaleras, sacamos nuestras linternas y nos pusimos a avanzar hacia la habitación por la que habíamos entrado a este lugar. Avanzamos despacio, preparados para encontrarnos cualquier cosa. Derrepente, mi compañera me cogió del hombro.

-Espera! No oyes eso…?

Escuché detenidamente. Un ruido lejano parecía venir del fondo. Ahora se oía mejor, si, ¡eran sonidos de pasos! Cientos de pasos.

-Espera aquí!- susurré. Giré la esquina, preparado para lo peor. Enfoqué al suelo y fui subiendo el haz de luz. Varios infectados, muy descompuestos, avanzaban lentamente hacia donde nos encontrábamos. Casi podía ver la sonrisa en sus caras.

 

 

No poder escapar de donde me encuentro ha sido siempre parte de mis pesadillas, más que cualquier otra cosa. Quizás sea algún tipo de instinto.

Hasta más leer.

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